Sean eternos los recursos

Sin mucho fundamento, se suele atribuir la degradación del medio ambiente al neocapitalismo globalizado, cuando es intrínseca al primer industrialismo, que trajo sobre Inglaterra primero, y el resto de Europa después, un envilecimiento mayúsculo del aire, los suelos y las aguas, consecuencias secundarias, si se quiere, de un sistema de producción donde el trabajador estaba obligado a doblarse 16 horas sobre un telar, siete días a la semana, bajo pena de acabar en la cárcel gracias a las Poor Law que castigaban el desempleo.

Suele ocultarse este aspecto del sistema político británico, uno de los modelos institucionales liberales del Primer Mundo.

Durante el siglo XIX, los recursos, como el Progreso, parecían infinitos, y la Tierra era un espacio disponible e ilimitado.

El “dominio de la naturaleza” fue una categoría central del capitalismo, retomada por el marxismo, con otro sentido político, pero manteniendo la misma utopía del eterno progreso.

Y si todo esto fuera poco, también el trabajo infantil era habitual en los países centrales, donde las largas jornadas de labor se hacían soportables con el consumo del opio que traficaban los mercaderes británicos.

Las guerras en China (1839-1860), por cierto, no se produjeron para satisfacer la oferta de estupefacientes en el reducido mercado de algunos artistas e intelectuales que se narcotizaban para aquietar pasiones.

El Estado de Bienestar redujo en cierta medida el trabajo infantil, que renacería peor con el capitalismo globalizado, incluso en países comunistas como China. Sobre aquella época no queda mucho por agregar, pero es notable constatar sus paralelismos con el presente: el consumo de estupefacientes era habitual entre los trabajadores de entonces, para sobrellevar agotadoras jornadas laborales; hoy, más difundido y perfeccionado por la industria farmacéutica, para soportar el ocio o aumentar la competitividad en los países centrales, y controlar el desempleo y la exclusión en los periféricos.

La conquista obrera de ocho horas y descanso semanal se obtuvo paulatinamente, luego se convirtió en el modo de vida de Occidente, más tarde se fue convenciendo a la humanidad de que era costoso e ineficiente mantenerla, y por fin se volvió al uso primitivo del “recurso humano” como un costo descartable de la mercadería, mediante la llamada flexibilización laboral.

No han cambiado las teorías económicas; antes bien, asistimos, con el pensamiento único y el neoliberalismo, a un reciclado general de las viejas teorías en boga durante los años gloriosos de la Revolución Industrial. Sólo han cambiado algunos títulos, y se han agregado algunos ornamentos.

El ciclo de neoliberalismo ha dejado en el camino a millones de excluidos, y a países enteros borrados del mapa, y en todo caso, entre el primer capitalismo y éste sólo hay una diferencia de escala, derivada del avance tecnológico.

Por eso se ha exacerbado la captura de materia prima, en cantidades crecientes, aunque adaptada a las nuevas exigencias de la producción.