Progres

mochablon-y-marchant-f2d38Fragmento de la introducción de PROGRES, libro de entrevistas sobre la historia del progresismo en Argentina que el Centro de Estudios e Investigación HUMAHUACA presenta este jueves 3 a las 19 horas en Perón 940, Capital.

El libro incluye entrevistas a Martín Sabatella, Chacho Álvarez, Aníbal Ibarra, Mario Wainfeld, Antonio Cafiero, Carlos Heller, Miguel Lifschitz, Daniel Filmus, Jorge Telerman, Miguel Bonasso, Luis Alberto Quevedo, Torcuato Di Tella, Francisco “Tito” Nenna, Edgardo Depetri, Fabio Basteiro, Francisco “Pancho” Talento, Juliana Marino, Federico Storani, Gabriela Alegre, Adriana Puiggrós, Ariel Schifrin, Eduardo Jozami y Vilma Ibarra.

El progresismo toma forma durante el primer período de Menem, y accede al gobierno de la ciudad sobre finales de la década del ‘90. Por las características del tiempo político, en su matriz estaba presente la derrota de los proyectos emancipatorios de los ‘70, las huellas del terror de la dictadura, el disciplinamiento social producido por el desempleo y la hiperinflación y la hegemonía cultural e ideológica del conservadurismo. Muchos de los protagonistas del progresismo vivieron las crisis de las izquierdas y de la tendencia nacional popular, presenciaron el devenir grisáceo del alfonsinismo, perdieron con la renovación peronista y sufrieron con un justicialismo hecho herramienta del neoliberalismo. El “fin de la historia”, el “fin del trabajo”, el auge del mercado, la redefinición dramática de los sujetos populares y el sobredimensionamiento del individualismo eran algunos de los elementos que configuraban el clima político de la época. Así, el triunfo aplastante del neoliberalismo, la mella de los mandatos del radicalismo y el peronismo y el retroceso de la incidencia de los sectores populares dejaron huellas que estructuraron en parte al progresismo como cultura política.

Estas circunstancias estrecharon los márgenes de lo considerado posible. La constatación de ser derrotado, el haber sufrido golpes y pérdidas, limitó la vocación de transformación radical y profunda, y subrayó el rol de la gestión y de la administración de los poderes existentes. Así, el cambio social perdió épica y se convirtió en política sociales. La asimetría entre sur y norte de la ciudad, dejó de ser terreno de las organizaciones políticas y sociales para ser ocupado por técnicos y planes estratégicos. En este sentido, los poderes que estructuran las desigualdades e injusticias de la ciudad se mantuvieron con poca modificación. Peor aún, aquellos que podrían haberlos trastocado, generalmente, los entendieron como inmodificables.

Incluso en el terreno del lenguaje político el progresismo no fue capaz (o por lo menos no le pareció sustantivo) de recuperar los grandes relatos de la política, mostrando su necesidad de adecuarse a los tiempos y humores de lo cotidiano. Se aceptaron así corrimientos semánticos (de “pueblo” a “gente”, de “gobierno” a “gestión”, de la política como “disputa” a la política como “consenso”) que terminaron por convertirse en guías ideológicas respecto a las formas de pensar lo popular y la construcción de poder. De esta forma, si no hay transformaciones radicales, tampoco hay conflictos radicales.

Así, se delineó una idea, donde la política camina por la construcción de consensos y los conflictos deben ser exclusivamente de baja intensidad. Existió una lógica donde se creía que la institucionalidad democrática tenía la capacidad de procesar el conflicto y encontrar constantemente el punto de equilibrio entre los diferentes intereses, siempre enmarcado en un proceso de cada vez mayor equidad social. Lo que sucedió fue que se construyeron consensos, pero los mismos no distaban de la sociedad existente y desigual. Peor aún, la dictadura, el neoliberalismo y estructuras muy consolidadas en la ciudad, formaron unos sectores dominantes con escasa vocación de compartir, distribuir y democratizar. Por lo tanto, se priorizó la modificación moderada y paulatina de la sociedad en los planos de la sociedad alejados de los intereses materiales más concretos. Más bien, los cambios, sin pretender minimizar, estuvieron afirmados en las políticas culturales o simbólicas.

Esta lógica desplaza las ideas de la construcción y la fuerza política, centrándose en la noción de gestión y administración. Así, no había que organizar, movilizar, convencer y transformar, sino que era necesario representar (en términos de ocupar el lugar por otro), administrar y gestionar. La militancia de estas corrientes, que paradójicamente era mucha y orgullosa de su condición de tal, fue marginada y algunos se convirtieron en “operadores” o “referentes”. La interpelación al pueblo y a los trabajadores dejó lugar a la gente, a la opinión pública o a la ciudadanía. Asambleas, sindicatos, locales barriales, el periódico, dejaron de ser canales de comunicación con la sociedad y la militancia y su lugar fue ocupado por una comunicación unidireccional realizada, únicamente, a través de los medios masivos de comunicación.

En estos sucesivos desplazamientos, y muy acentuado por la necesidad de que los políticos sean televisivos, se banalizó la política, se recortaron sus aspectos plebeyos, incómodos, transformadores y desprolijos. Se la limitó en su potencia y se volvió asimilable para los humores de moderados sectores medios, bien pensantes, comprometidos con el prójimo, pero sin disposición a atropellar o a ser atropellados para cambiar algo. Humores que entre sus principales características se encuentra la de su volatilidad. El progresismo entendía que su tarea era expresar a la sociedad. No se decía lo que “hay que decir” sino lo que “podía ser escuchado”. Los humores sociales no eran un punto de partida, son por el contrario, el límite. En otras palabras, lo social no es el terreno de la disputa y del convencer al otro, sino que es el punto de la factibilidad política. Quizás por eso, la política termino siendo una actividad que tenía que transformar la sociedad sin enojar a la audiencia matutina de Radio Mitre.

Muchas de estas ideas, se delineaban y se insinuaban durante los gobiernos progresistas de la Ciudad de Buenos Aires. Esta crítica, estaba en germen dentro de sectores que hacían política. El 2001 y el primer gobierno de Kirchner, pusieron en perspectiva las posibilidades de la política. Los márgenes de lo factible, de lo posible de ser realizado estaban mucho más distantes de lo que el progresismo había delimitado. Los límites al cambio no estaban determinados estructuralmente, sino, en muchas oportunidades estaban condicionados por la levedad y tibieza de los sujetos.