La comida del domingo

Especial desde Rosario. Músico, poeta y periodista, Abonizio despliega su sensible mirada sobre la previa de las elecciones santafesinas y nos descubre, detrás de la puja política, una provincia sin trenes tapizada de soja, ombligo del país embebido en leche, pan y cabezas de ganado.
¿Qué alimento se prepara entre un quimérico práctico, un aggiornado prolijo y un caradura? Un enchastre, claro está. Es conveniente separarlos. Se los pone a hervir a fuego lento y se comprueba la capacidad de sus carnes. Si son firmes, si son sanas, si no mienten en hermosuras y promesas de buena digestión. Claro, también figuran otros sustentos no perecederos como Proyecto Sur, la izquierda seguidora como perro fiel de banderas de rebelión solitarias, y algún que otro ingrediente no digerible y marginal. La pregunta inicial se refiere a Agustín Rossi, Antonio Bonfatti y Miguel del Sel, los tres pollos que corren el domingo tratando de ganar la cuadrera santafesina. Rossi no miente, aunque es poco propicio a transmitir fervores. Es un prolongador conectado a la Casa Rosada, pero si uno hurga comprueba que viene firme, serio y le dan los números. Lo mismo para el amargo de Bonfatti, quien como un empeñoso evangelista moderado, no se ha cansado de propagar que Binner, el amo de la Casa Gris, es poco menos que un patriota o un santo. Miguelito es sietemesino y no viene de casa alguna, sino de un orfanato, destruido, manchado de guirnaldas, donde duermen una larga siesta las ideas pero ganan con empeño el bastardismo político, la sinvergüenza y el asesinato. Así, llanamente. Lo apoyan mediocres de toda laya, criminales y su papi es Mauricio, jefe de las legiones porteñas, a quien Fito, elípticamente, le dedicara el trillado término asqueante que yo trocaría en miedo: temor de que tengan algo que volcar en la sartén donde, si llegaran a obtener aunque más no fuera un menudo trozo nutritivo en la escaramuza, van a estorbar e indigestarnos por años enteros.

La lucha será entre esas dos cabezas, la del Chivo y la del Mudo. Y la gente ha obtenido de ellos un caldo espeso, poco beligerante, sin sangre ni chicanas. La gente, amigos, no sabe si dejar continuar la inmaculada concepción de Binner en la política -folios de Clarín aparte- o la audacia provocativa que representa Cristina. O se abraza a lo seguro, esa tibieza desarrollada que los socialistas tan bien saben construir o se deja llevar por un barco de proa proteico y salvaje pero eficiente que representa Rossi y por ende nuestra Presidenta. Dilema de cuál alimento es mejor, de cuál no tiene conservantes y no nos habrá de caer pesado.

Una provincia tapizada de soja es una garantía. Embebida en leche, pan y cabezas de ganado. Un reaseguro precioso para negociar ante el mundo. Centro clave geográfico, ombligo del país, Santa Fe es rica pero cada vez cría más pobres: los propios y los que vienen en tropel, disminuídos en la noche, como espaldas mojadas llegan cientos de comprovincianos atraídos por la miel que supura en sus campos fertilizados, sus cunetas sin ranas, sus vías acuáticas sin peces, sus ciudades saturadas de autos cero kilómetro. Pero vienen, llegan, se instalan y arman con cuatro latas un techo. Un puerto es comida, se dicen. Provincia paradojal, siniestra, hartada de nutrientes, con hambreados y gordos satisfechos. Una provincia sin trenes, con rutas llenas de sangre por los choques y gente atiborrada de electrodomésticos. Una provincia extraña que podría bien ser la mejor, que podría dar de comer y beber al África entera, pero que esconde en los silos la moneda de cambio para el demoníaco juego llamado progreso.

¿Qué hacer el domingo, entonces? ¿Apostar por uno de ambos? ¿Jugar una carta contundente a Cristina? Obviar desde ya el fantoche berlusconiano de Del Sel, abrazado con el atontado- desbigotado -bailarín-, provocador sobre el techo de una 4×4, postal eficiente de la amistad, entre rey y plebeyo, del cariño entre hombres hermanados por la pasión de destruir lo poco o mucho que se ha hecho. Dios nos ampare de que agarren un pedacito de la masa que se está horneando. Queda entonces la decisión de continuar con la rosa en la solapa, ordenaditos en la barrera, o de romperla adelantándonos, para impedir que el pateador concrete sus sueños de golearnos. Rossi es un caballero que despunta con estas intenciones. Bonfatti, un presidente de consorcio que atestigua que vamos a seguir igual. Yo, amigos, en mi modorra cerealera de poder comer, vestirme y educarme, propondría un estado de locura, donde quien gane, barra de un trapo la sopa vieja de moscas verdes que se amontona sobre la mesada y nos dé de comer, invitándonos a mezclar y condimentar una mejor cena. Sin decorados, pero sustanciosa como el trigo que se enseñorea en los campos y los vacunos que nos proveen del sacrosanto asado. Es poco lo que pido. No hablé de educación ni cultura ni salud. Solo hablé de panza llena, de fuego y de una alimentación adecuada. Pido disculpas. No soy analista político. Metáfora llana al fin, pido que se alimente con imaginación, absurdo, alegría, cimbronazos cordiales y justicia. Hasta empacharnos. Hay mucho por hacer, por cocinar.

Mientras, en la calle, la gente, en ayunas, saca conclusiones, como si repasara un menú, insatisfecha en el fondo de su estómago y con las tripas cargadas de interrogantes. Quisiera un provincia revolucionaria, revolucionada, alucinatoria, angurrienta de ser mejores y felices… ¿Será mucho pedir a la hora del almuerzo?